A través de estas líneas quiero dirigir hoy vuestra atención hacia una obra destacada del repertorio pianístico con orquesta que, sin embargo, no figura, ni mucho menos, entre las más habituales sobre las tablas de los escenarios musicales de todo el mundo, probablemente por su notoria dificultad técnica: el Segundo concierto para piano y orquesta en sol menor op. 16de Serguéi Prokófiev [SP].

Y para ello, voy a citar, a auto-citarme en realidad (podéis consultar completo este mismo texto en el Centro de Documentación Musical y en alguna que otra biblioteca pública), los comentarios, “mis” comentarios, “notas al programa” tal y como se denominan en el argot tradicional, que escribí en su día para ser publicadas, precisamente, como programa de mano en un concierto sinfónico celebrado en el madrileño Auditorio Nacional de Música.

Un programa que entonces constaba de tres partes, de tres partituras diferenciadas, a saber: aparte de la brillante obra de virtuosismo en la que quiero iniciaros, de una página de estreno previa y, tras el merecido descanso que se seguía al citado y portentoso Segundo concierto para piano y orquesta de Prokófiev, de una obra sinfónica ejemplar, se diría que de referencia, y del más genuino de los compositores románticos, de Robert Schumann [RS].

El título que puse a aquellas notas al programa de mano en la sala sinfónica del Auditorio Nacional fue -y aquí sigue siendo válido-: “Huellas de individualismo e introspección”.

Pues bien, sin más preámbulos os dejo siguiendo la pista, profunda e indeleble, dejada por estas huellas, tal y como las describí -las “descubrí”- en aquella ocasión, añadiendo, eso sí, algún que otro enlace aclaratorio como hipertexto… para los más inquietos e inquisitivos:

“El programa que hoy ocupa los atriles de la orquesta (…) nos propone un viaje imaginario en el tiempo retrocediendo casi dos siglos desde la estricta contemporaneidad (…) al sugestivo, emocional e intenso mundo decimonónico. Una rápida retrospectiva, que se combina con la disposición tripartita más habitual en estas veladas, a saber: obra sinfónica, preferiblemente en un solo trazo (hoy, haciendo gala de las apreciadas vitolas de estreno absoluto y premio de composición), concierto de destacado lucimiento solista y, tras un merecido descanso, final en forma de gran fresco sinfónico, a poder ser romántico o asimilado. (…)

El compositor ruso-soviético de origen ucraniano Serguéi Prokófiev[1] [SP], como Robert Schumann [RS], ostentó una vinculación personal comprometida con el mundo pianístico, aunque, a diferencia de aquél [de Schumann], pudo desarrollar una brillante carrera como solista tanto en su país natal como en su prolongada estancia por Estados Unidos y Centro-Europa. Schumann, por su parte, pronto tuvo que renunciar a la suya, a su carrera como pianista, tras un desgraciado accidente y, de alguna manera, transfirió esta voluntad a su esposa [CW], eminente virtuosa e hija de su profesor de piano. Sin embargo, junto a esta formación instrumental, la sólida preparación compositiva de Prokófiev lo ha librado de los fantasmas de la crítica sobre su técnica compositiva (alumno de Reinhold Glière [RG], Aleksandr Glazunov [AG], Anatoly Liadov [AL] y, al igual que Stravinsky [IS], heredero de la fértil y brillante escuela de instrumentación de Nikolái Rimski-Korsakov [NR]).

Precisamente fueron las habilidades como orquestador junto con las de profundo conocedor e intérprete de piano las que se pusieron en juego en este prodigioso Concierto para piano número dos. Prokófiev escribió cinco conciertos para “su” instrumento, entre los que se cuenta uno para la mano izquierda [C4P] que despreciara su dedicatario (Paul Wittgestein [PW], el mismo malogrado solista que aceptara el conocido Concierto [CR] de Ravel [MR]).

Aunque el Tercero [C3P], escrito ocho años después en Bretaña (1921) es, sin duda, el más interpretado y equilibrado formalmente, el Segundo presenta la mayor envergadura, no ya sólo por su duración sino por las exigencias tanto físicas, como de plasticidad estética que impone al enérgico ejecutante. Ya su disposición inusual en cuatro movimientos, uno más de los convencionales (como ocurriera con los cinco de la Sinfonía renana [de Schumann que le seguía en programa, SR]), indica una apuesta por cierta monumentalidad arquitectónica. Los, también, cuatro tiempos del Segundo concierto para piano [C2B] de Brahms [JB] suponen, en este sentido, un precedente singular.

Inscrito en una etapa futurista [FT] de la producción de Prokófiev, el tratamiento del piano, omnipresente en este Segundo concierto, tiende hacia su aspecto más percusivo y denso; propio de una personalidad que trata de afianzarse en un espacio estético de relativa provocación. Sin embargo, a un tiempo, se inscriben, entre las líneas aterradoras para el solista, aspectos de lirismo y modalidad netamente rusos entre los que podemos destacar el tema inicial del primer movimiento. La comunicación de la intención, consumada, de suicidio de un amigo suyo por estas fechas redunda en la tragedia ciclópea del Sísifo [SF] que vive en esfuerzo épico, pretendidamente libre de los excesos sentimentales románticos. Lirismo contenido que sublima la proyección de los valores individuales extravertidos sobre el espíritu nacional aún pujante.

La cadencia [CD] del primer movimiento (Andantino), de dimensiones colosales -de hecho abarca casi la mitad de la duración del tiempo completo-, es todo un tour de force pianístico, comparable a las mayores desafíos del repertorio. El planteamiento compositivo es también muy ambicioso y obliga a contener la respiración. El piano retoma los temas iniciales, densificando las líneas que antes compartía con la orquesta, compitiendo como David, con la entidad sonora del Goliat sinfónico enmudecido. Un imposible titánico, trágico en la contingencia objetiva de su propio planteamiento inicial, que va, poco a poco, derivando en diversas disposiciones técnicas que progresan hacia dificultades máximas en aspectos que combinan todo tipo de recursos pianísticos al borde de las posibilidades físicas del solista con un hábil uso del pedal. La escritura, de una densidad apocalíptica que recuerda en sus acordes placados[AC] y sonoridades compactas las que, salvando distancias, caracterizan la cerrada escritura schumanniana para piano, a menudo, precisan de una presentación en tres pentagramas. Las indicaciones originales de la partitura que se suceden, no nos dejan lugar a dudas de la intención desplegada: molto espressivo (en varias ocasiones), fff precipitato, pesante o, las más explícitas, con effetto o colossale (!).

Un intenso segundo movimiento Scherzo (vivace) [SC], dibuja un perpetuum mobile implacable [PM], siguiendo el espíritu de la toccata [TC], con un piano vertiginoso por donde se precipitan impertérritas, las dos manos en paralelo permanente, apuntadas intencionadamente por la orquesta. Transposición al concierto solista de la idea fulgurante, expresada con vehemencia y genialidad por Chopin [FC] en el final de su Segunda sonata para piano [S2C].

El tercer movimiento, Intermezzo (allegro moderato) parte del concepto de ostinato [OS], para ir derivando a otros planteamientos formales que proporcionan el marco estructural sobre el que tejer un cuadro de dificultades técnicas, diferencias de articulación y juegos ingeniosos de digitación en un tono entre sombrío y sarcástico.

El Final (Allegro tempestoso) retoma el vigoroso impulso del primer movimiento en un contexto de mayor agilidad y precipitación. Un comienzo de difícil encaje con la orquesta, en una especie de hoquetus moderno [HQ], pleno de contratiempos truncados en atropellado diálogo por solista y conjunto, que se arrojan hacia regiones más sombrías que las planteadas de inicio. De nuevo una cadencia [CD], de trascendencia técnica y dimensiones más convencionales; vuelve el tono brillante y ya no será abandonado hasta un final resolutivo.

El Concierto número 2 en sol menor op. 16, fue compuesto por un joven Prokófiev de sólo veintidós años, a renglón seguido del Concierto anterior en la serie [C1P] del que, sin embargo, se distancia estéticamente de forma ostensible, manifestando una maduración admirable en plazo tan exiguo (siempre a expensas de la fidelidad de la versión conservada). Fue estrenado con el autor al piano (director: Alexander Aslanov) el 5 de septiembre de 1913 en Pavlovsk [PV] -residencia de los zares a las afueras de San Petersburgo- donde suscita relativo escándalo. La versión revisada de la partitura (reescrita tras su extravío) diez años después (1923) se presentará el 8 de mayo de 1924 en París de nuevo con Prokófiev solista, esta vez bajo la dirección del propio Serge Koussevitzky [SK]. Etapas de exaltación y lucha por abrirse paso con personalidad estética renovada, rastros de audacia que contrastan con su muerte silenciosa, treinta años después (1953), eclipsada en irónica coincidencia, por la defunción de Stalin [IS].

Los pasos nos llevan al episodio final en busca de las huellas latentes de introspección personal y artística. (…) Un periplo retrospectivo (…) que reflexiona, desde perspectivas diferenciadas, en las huellas de la introspección y el individualismo heredadas del universo romántico, y que, a priori, presenta los diversos ingredientes que implican al espectador. Un oyente activo, abocado al empeño de una síntesis «creadora» que combine, ordene y justifique, en suma, «reinterprete» la escucha, al margen de la posible satisfacción inmediata por la brillantez circunstancial del espectáculo. Audición que nunca debe ser anacrónica y que representa, simbólicamente, un devenir histórico y cultural implacable del que, como si de un ser vivo se tratara, estamos observando permanentemente sus huellas en el tiempo.”

[Luis Mazorra Incera: “Huellas de individualismo e introspección”, notas al programa de mano del concierto sinfónico de la temporada 2004-05, del 31 de mayo de 2005, de la Orquesta de la Comunidad de Madrid en el Auditorio Nacional de Música].

Espero que esta breve aproximación al “futurista” Segundo concierto para piano y orquesta de Serguéi Prokófiev haya despertado vuestro interés si no ya el natural apasionamiento, por una obra de por sí monumental, cuya singularidad se ve premiada por una justa aureola de expectativa y entusiasmo.

Luis Mazorra Incera

Madrid, septiembre de 2019

[1] Serguéi [Sergueyévich] Prokófiev nació el 23 de abril de 1891 en Sontsovka, en la región de Donetsk en Ucrania y murió el 5 de marzo de 1953 en Nikolina Gora, cerca de Moscú.