Porque Prokófiev es un gran compositor que brilla como intérprete solista de piano y como orquestador, lo más adecuado para la escritura de un concierto para piano.

Porque de sus cinco conciertos (uno de ellos para la mano izquierda) el segundo es el de mayor duración y presenta una estructura inusual, con cuatro movimientos en lugar de los tres habituales.

Porque está compuesto en dos mundos distintos, aunque apenas separados por 10 años. La primera versión fue estrenada con el autor al piano en 1913 en Pavlovsk -residencia de los zares a las afueras de San Petersburgo- donde suscita relativo escándalo (sí, el mismo año que otro escándalo histórico, el estreno de “La consagración de la primavera” de Stravinski). La versión revisada de la partitura (reescrita tras su extravío) se presentará en 1924 en París, de nuevo con Prokófiev como solista. Tras la “Revolución rusa” y la primera guerra mundial, el mundo ya es otro.

Porque la escritura inicial de 1913 está inscrita en la etapa futurista de Prokófiev, con un piano omnipresente, más percusivo y denso, que impone grandes exigencias tanto físicas, como de plasticidad estética al ejecutante; es un concierto propio de una personalidad que trata de afianzarse en un espacio estético de relativa provocación.

Porque combina el aspecto innovador con un lirismo y una modalidad netamente netamente eslavos, entre los que destaca el tema inicial del primer movimiento.

Porque el intérprete vence dificultades máximas en aspectos que combinan todo tipo de recursos pianísticos al borde de las posibilidades físicas del solista, con un hábil uso del pedal. Las indicaciones originales de la partitura que se suceden, no dejan lugar a dudas de la intención de gran expresividad deseada. Sólo en el primer movimiento: molto espressivo (en varias ocasiones), fff precipitato, pesante o, las más explícitas, con effetto o colossale (!).

Porque el piano, en su diálogo titánico con la orquesta, compite, como David, con la entidad sonora de todo un Goliat sinfónico. Sólo en una sala de conciertos se puede sentir el poder colosal de esta música.

[Extraído de “Huellas de individualismo e introspección”, notas al programa de mano del concierto sinfónico de la temporada 2004-05, del 31 de mayo de 2005, de la Orquesta de la Comunidad de Madrid en el Auditorio Nacional de Música, de Luis Mazorra Incera:].

Luis Mazorra Incera

Madrid, octubre de 2019