Retrato de Beethoven de Karl Joseph Stieler, óleo sobre tela de 1820.

¡Es un “muchacho” excelente!

(A propósito de la Séptima sinfonía de Ludwig van Beethoven)

Por Luis Mazorra Incera

Hoy hemos iniciado nuestro comentario… con música… (!?)

Sí, aunque no os lo creáis, sumidos como estaréis probablemente en el ruido del ajetreo urbano y sus tráficos… ¿o, quizás, leyendo ensimismados frente a la pantalla de un ordenador, en el silencio de una biblioteca? Porque, no me engañéis… ¿quién, después de leer semejante título, no se ha imaginado interiormente el soniquete de la susodicha canción? ¡… Y que aún no siga ronroneándole en la cabeza!: “¡… es un muchacho excelente, es un…! ¡¡ y siempre lo será, y siempre…!!”

Una aclamación equivalente, en español, al inglés: “For He’s a Jolly Good Fellow”, cuya melodía popular, nada menos que el propio Beethoven incorporara a su La victoria de Wellington [Wellingtons Sieg]. Una obra orquestal, de alrededor de un cuarto de hora de duración, que trataba de festejarun lance bélico trascendental -que, curiosamente, ataña a España- protagonizado por el general, dublinés de origen, Arthur Wellesley, mejor conocido como: el Duque de Wellington.

  • ¡La insolencia de la alegría!

Y, siguiendo en este tono exultante y celebrativo en el que estamos ya inmersos, no nos sorprenderá entonces clamar entusiastas nuevamente: “¡La insolencia de la alegría! Y así prorrumpir en vivas y alabanzas alrededor de otra obra, esta sí, imprescindible del sinfonismo beethoveniano. Esta vez, una sinfonía con todas las de la ley, con sus cuatro movimientos preceptivos, habituales ya a aquellas alturas. Una sinfonía emparentada así, estrechamente, con la Victoria de Wellington citada, pues coincidirían ambas en su mutuo, multitudinario y triunfante día de estreno.

Una sinfonía singular además, precisamente por la exaltada vitalidad que desprende, y desprendiera, ¡claro está!, aquel día, movimiento a movimiento… sin dejar oportunidad al descanso… con bises exigidos sobre la marcha por un público magnetizado. Entusiasmo que se manifestara después en la literatura crítica, en forma de contundentes increpaciones como la citada: “¡El triunfo de la furia del Dios Baco!”.

Nos estamos refiriendo hace ya un buen rato, al “¡El triunfo de la furia del Dios Baco!”, a la “la insolencia de la alegría (!)… que transmite la Séptima sinfonía en la mayor de Ludwig van Beethoven.

  • Una manada de yaks… ¡brincando!

Aunque también hay quien, algo socarrón y pendenciero, no ha opinado lo mismo. Un célebre director de orquesta en tiempos más gloriosos para esta condición, con un apellido que a alguno le sonará por razones más deportivas que musicales, Thomas Beecham -¡un Sir nada más y nada menos!-: “Pero… ¿Qué podemos hacer con todo esto? Si parece una manada de yaks… ¡brincando!».

  • ¡La apoteosis de la danza!

Sin embargo, no un yaktibetano de una tonelada precisamente, sino una genial bailarina, una artista de los pies a la cabeza, Isadora Duncan, pionera de la danza moderna, no dudaría en bailar, a principios del siglo XX, algunos de los movimientosde esta obra, nada menos que en el Metropolitan Opera House de Nueva York.:“¡La apoteosis de la danza!”

  • ¿De reposo…?

Ludwig van Beethoven escribió, ésta, su Séptima Sinfonía entre los años 1811 y el mes de abril de 1812 “descansando” -eso dicen, aunque es difícil creerlo- en un balneario bohemio -de Bohemia, no se despisten- cercano a Praga: en Teplitz.

Tardó más de un año en estrenarse, pero mereció la pena la espera porque fue, sin lugar a dudas, uno de los conciertos más exitosos de su carrera -y mira que nuestro Ludwig disfrutó de días de éxito-: el 8 de diciembre de 1813. Un concierto ofrecido en sufragio de los soldados heridos en la batalla librada en la ciudad de Hanau. Batalla relativamente menor, en que las tropas inglesas, tras su decisiva victoria en Leipzig, no lograron un objetivo en cierta medida secundario: cortar la retirada de los franceses.

  • “Celebrities” y famoseo

Multitud de famosos, “famosillos” o aún no tanto, las celebrities de la época, participaron en aquella noble causa. Se cuentan, por ejemplo, entre los atriles de la orquesta que afrontara aquel lujo de estrenos por deber patriótico, a: Johann Nepomuk Hummel -compositor y admirado pianista-, Ignaz Moscheles -otro virtuoso pianista así como compositor-, Domenico Dragonetti – virtuoso contrabajista-, el guitarrista Mauro Giuliani -eso sí, tocando esta vez… el violonchelo-, el violinista y compositor Louis Spohr en lo suyo, el grandísimo, celebérrimo y elogiadísimo… Giacomo Meyerbeer y -¿a que no os lo vais a creer?- aquel antagonista de la tragedia vital -más bien, “mortal”- mozartianaen la tan extendida leyenda urbana-que diríamos hoy- recogida por Aleksándr Pushkin y que todos conocemos a través de la película Amadeus de Milos Forman… ¡Sí, ese mismo! -creo que ya lo habéis adivinado-: ¡el mismísimo Antonio Salieri!

  • Un bis obligado

El éxito de Beethoven fue completo, con bisrepetición obligada por las insistentes ovaciones del público- de su segundo movimientoAllegretto-,incluido en todas sus primeras presentaciones.

Porque en el catálogo de Beethoven, el genio nacido en la ciudad alemana de Bonn, poblado de partituras de difícil aceptación por la sociedad de su época, también hubo obras que fueron realmente exitosas y populares. Algunas de estas piezas no son tan familiares hoy como lo fueron en su día… habituales e, incluso, favoritas de sus contemporáneos: como el Septimino, el oratorio Cristo en el Monte de los Olivoso, también, La victoria de Wellington, una pieza que como se ha dicho tendría el honor, quizás su único “gran” honor aparte de su causa, de estrenarse en el mismo día de gloria de la Séptima sinfonía.

  • “Allegro” insolente

Como en anteriores sinfonías –Primera, Segunda y Cuarta-, la Séptima comienza con una amplia introducciónalgo más lenta (indicada Poco sostenuto). Lo notorio estriba en que esta introducciónva a ser casi tan larga… ¡como movimientoscompletos de otras partituras de igual porte y condición formal, del de Bonn!

La parte principal del movimiento que sigue: su primer movimiento está anotado con la indicación de tiempo y carácter: Vivace [vivaz, animado], y se presenta desde el viento madera, con las flautas, quizás en alusión instintiva a la música en campo de batalla, con un motivo rítmico de tres notas que va animándose paulatinamente. Un motivo rítmico básico, impetuoso, que dominará por doquier en el resto del movimiento inicial de esta Séptima sinfonía.

Este primer movimiento,como el último,estarán escritos en esa forma, capital de los periodos clásico y romántico: la sonata. Una forma sustentada en la exposicióninicial de sus correspondientes dos temas o bloques temáticos: el A y el B, o, si queréis, el primer y segundo temas.

Sin embargo, a diferencia de otras obras escritas en esta misma forma, debido a que el segundo tema B también depende, como el tema A, del mismo y obsesivo motivo rítmico, la energía y extroversión que se desarrolla, andando el movimientose torna… ¡insolente!

  • La Batalla de Vitoria

Emparejada con esta Séptima sinfonía, se encontraba, como ya hemos dicho, otra obra a estrenar, más explícita de su intención La victoria de Wellington, también conocida como la «Batalla sinfónica«, de la que ha habido -con título o pretensión similares- varios ejemplos en la historia de la música, o, siendo también más precisos: “La Batalla de Vitoria”.

Porque habéis leído bien, Vitoria-no Victoria-, ¡nuestra ciudad de Vitoria, vaya! Porque, aparte de otras batallas pioneras en la derrota de los ejércitos napoleónicos, como por ejemplo la de Bailén y el General Castaños, años antes, en Vitoria, el citado general, Wellington, vencería a las tropas del hermano de Napoleón, José Bonaparte, el 21 de junio de 1813. Unos meses -medio año- antes de aquel concierto benéfico y patriótico que se celebraría a principios de diciembre de ese mismo año.

Una exaltación pues de la victoria sobre la Francia todopoderosa de Napoleón que incluye -de ahí lo de ¡batalla sinfónica!- una imitación realista de una batallaentre los ingleses (representados por la canción patriótica «Rule Britannia«) y los franceses (representados por «Marlborough s’en va-t’en guerre«) que termina victoriosamente para los primeros, con variaciones sobre: «Dios salve al rey»…  pero, entre tanto, aquella conocida melodía de carácter festivo y conmemorativo que titula estos comentarios, se deja notar, inspirada en la propia canción infantil francesa citada –«Mambrú se fue a la guerra»en castellano-. Una canción que es posible nos hayan cantado alguna vez a todos. Aquí la hemos elegido como título… ¡por Wellington…! y… ¡por Beethoven!: «For He’s a Jolly Good Fellow». Todos juntos, pues, entonemos de nuevo con ardor: ¡Es un muchacho excelente!”.

Alguno de los que nos leen, podría haber esperado que nuestro Ludwig usara «La Marsellesa» para representar la irrupción del lado francés. Sin embargo, esta canción era considerada subversiva en la Viena de aquel momento. Y Beethoven, pese a lo que se diga y nos parezca, no estaba por la labor de llegar a tanto.

Sin embargo, sí que lo hizo más tarde, bastante más al este de Europa, Tchaikovsky en su divulgada «Obertura de 1812”, o, si queréis, para los más jóvenes la música representativa de la película V de Vendetta de los hermanos Wachowsky que, además, como su propio nombre indica, conmemoraba justamente hechos históricos acaecidos durante este mismo año, 1812. El año en que se culminara la composición de la Séptima sinfonía de Beethoven pero, eso sí, en razón de otro frente de las guerras napoleónicas, bastante apartado del que a nosotros nos ataña hoy. El gélido frente oriental, con la invasión de una Rusia del consabido y temido invierno. Invasión repelida durante todo aquel mismo año, 1812, tras una infructuosa toma de Moscú por las tropas francesas, previamente arrasada estratégicamente por los propios rusos.

Pero dónde estábamos… ¡Ah sí! No nos perdamos. En el concierto conmemorativo en Viena, aclamado en vísperas de las Navidades de 1813 con Beethoven como jefe de ceremonias y todo un elenco de famosillos subidos al carro.

  • Cambio de tercio con incitación subliminal (?)

Realicemos un súbito cambio de modo: del modo mayor al menor. Que, en términos musicales, viene a ser algo así como el cambio de tercio taurino. Desde el sólido tono en modo mayor, el “la mayor”, nos sumergimos inmediatamente en el  más sugestivo e inquietante modo menor,“la menor”. Del “la mayor”, el tono de esta Séptima sinfonía al “la menor” del segundo y más aclamado movimiento en su mismo estreno: Allegretto. Tanto es así que, tanto en este estreno propiamente dicho aquel 8 de diciembre de 1813 en Viena, como en sus sucesivas reposiciones posteriores, hubo de repetirse como improvisado bis, casi ritualmente[1].

En lugar del movimiento lento habitual, Beethoven indicó este segundo movimiento, como ya hemos dicho, con el carácter y tempo de Allegretto. Sus bocetos muestran que, inicialmente, prefería la indicación de tempo y carácter más reposada de Andante pero, sin embargo, decidió a la larga, que tenía que ser algo más rápido.

Este célebre movimiento comienza con un acorde sostenido e… ¡invertido! Una frágil y expectante segunda inversión suspendida, de la tónica del movimiento, la menor, que se prolonga en unos acordes escuetos, de una sencillez primitiva, tajante y lapidaria.

El movimiento termina además, con la sonoridad del mismo acorde que abrió el movimiento, dando la impresión global de que la música podría volver a comenzar de nuevo… ¿Como si se tratara de olas que rompen en la orilla, vuelven y vuelven sin cesar, una y otra… y otra vez? ¿o del retorno del alba en la mañana cada día? ¿o el ciclo anual de las estaciones? … ¿o, quizás, siendo algo menos metafórico y algo más malévolo, como una incitación subliminala la repetición ritual de todo el movimiento en forma de bis –que, además, es lo que efectivamente se produjo y de forma reincidente-?

  • De la sonata al episodio fugado

Andando este exitoso Allegretto de la Séptima, nuestro Ludwig se permite incluso un episodio fugado; la otra gran forma de la historia de la música: la fuga… Si nos referimos antes a la forma de allegro desonatadel movimiento que abre esta sinfonía, pues ahora es tiempo ya de… una fuga… o, al menos, de un episodio fugado, que, en pocas palabras, viene a ser un remedo transitorio de aquélla. Un episodio con diferentes entradas de una exposición sucesiva, fugada, en diferentes voces, líneas del contrapunto, de un mismo tema, el llamado “sujeto de la fuga”que se dice. Líneas que irán superponiéndose generando una trama de texturay caráctercada vez más intensos.

  • Versiones y el tocadiscos del siglo XIX

Las versiones, como la del grupo Mocedades -una licencia para los más entraditos en años que nos lean-, han sido legión. Y para los más jóvenes también, porque probablemente algún aficionado al cine ya habrá recordado que ésta es la música de fondo del histórico discurso culminante en la película: El discurso del rey. Aquel discurso que leyera el rey George VI anunciando por radiodifusión, en 1939, la entrada de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial.

Y es que, con tamaño mayúsculo éxito, no faltaron versiones más domésticas, sobre la marcha. El piano ha venido a servir en los hogares de la burguesía europea, entre otras funciones, como el tocadiscos del siglo XIX, cuando no había conciertos sinfónicos, que era las más de las veces como comprenderéis, había que hacer uso de él para escucharlas si quiera en forma de arreglo. Y un avispado, admirador y febril compositor, y arreglista en los tiempos libres, Franz Liszt así lo entendió, no ya con ésta, sino con todas las sinfonías del de Bonn.

  • influjo en sus colegas

La influencia de este movimiento Allegretto de la Séptima sinfonía de Beethoven, ha sido extraordinaria. No ya por la repercusión popular y fama que proporcionó a Beethoven en el culmen de su carrera, que como hemos visto fue impactante, sino en los propios músicos, sus colegas. Basta escuchar los movimientos lentos-o asimilados- de algunas de las principales sinfoníasde otros grandes de la composición romántica, para apreciarlo.

Como, por citar sólo un ramillete de ejemplos habitualmente destacados: en el Andante con moto de la Sinfonía en do mayor, apodada la“Grande”Novena en la numeración más extendida-, de Franz Schubert;  o en el procesional Andante con moto, de la ágil Cuarta sinfonía “italiana” de Mendelssohn; o en la Marcha de los peregrinos del Harold en Italia–una obra inclasificable a medio camino entre el poema sinfónico, la sinfonía y el concierto de viola y orquesta-, de todo un visceral, apasionado y visionario romántico, esta vez francés: Héctor Berlioz.

Pero, donde quizás más se nota esta influencia, va a ser en una, aparentemente más modesta, pieza de cámara. El Andante con moto-como veis ¡casi siempre son… andantes con moto!- del Segundo trío con piano en mi bemol mayor de Schubert. Una pieza magnífica, severa e implacable que empleara Stanley Kubrick en aquel inefable final -esto para los más cinéfilos- de la película Barry Lindon. En su amplio desenlace sobran las palabras, las mías aquí por descontado, pero también las del propio guion, que expresa todo y mucho más, con la imagen y con esta música de Schubert, en eficaz simbiosis.

  • Nora Crionna

El Finale de la Séptima sinfonía de Beethoven saludará al oyente como si de la erupción de un volcán se tratara, retomando los rescoldos allí donde un inquieto scherzo previo, los había dejado antes. Para ello, en línea con los fulgurantes últimos movimientos ternarios de las suitesde danzasbarroca, tomará prestado un animado tema tradicional irlandés, un “jig”-una “jiga”-: “Nora Crionna”.

Temaque, reelaborado convenientemente, se convertiría antes de llegar a esta Séptima sinfonía en un Lied, una de las Canciones irlandesas del propio Beethoven: Save me from the Grave and Wise. Un Liedcon estos mismos mimbres: con la exultante vitalidad tradicional de base, de la jigairlandesa.

A la postre, todo este movimiento FinaleAllegro con brio de la Séptima sinfonía de Beethoven, desencadenará una energía implacable en el marco de una sonata-el principio y el fin de esta Sinfonía, el alfa y omega de la forma-. Antes de exponer su tema A, dos poderosos golpes abrirán el movimiento y, una vez más, como en su inicio, el vigor rítmico de los dos temas de la forma sonata de este movimiento, final de la Séptima sinfonía de Beethoven, es similar.

  • ¡¡¡Fortisísisimoooo!!! (?)

Uno y otro temas de la sonata nutren un desarrollo de tensión creciente que abocará, sin remedio, en la reexposición… y, después, en una contundente coda. La coda de este Finale, el remate conclusivo de esta forma sonataFinale, Allegro con brio– de una Séptima sinfonía de Beethoven, donde se van a exigir las tres fff en partitura (sí, nada menos que tres…: si una supondría forte, fuerte, y dos ff equivaldría a muy fuerte o fortísimo), tres fff sería algo así como: ¡¡¿¿“fortisísimo”…??!! Una indicación dinámica en todo punto excepcional, que Beethoven rara vez empleó, ni siquiera, fijaros, en su monumental Novena sinfonía coral.

  • Un anhelo del corazón

Antes de dar por finalizados estos comentarios y de estampar la firma de rigor, tras detenernos en esta monumental codafinal de la Séptima de Beethoven y sus… ¡“fortisisisimosss”…!, releamos las poéticas y apasionadas reflexiones de Richard Wagner sobre esta sinfonía:

«Todo un tumulto, todo un anhelo del corazón que se convierte aquí en insolencia… dichosa y alegre… que nos transporta, como si de una bacanal de la naturaleza se tratara, a través de los arroyos y los mares de la vida, gritando con gozo mientras resuenan por todo el universo las audaces tensiones de esta danza de lo humano. La Sinfonía [la Séptima sinfonía de Beethoven] es la apoteosis de la danza misma: es “la danza” en su forma más elevada, es el más sublime acto de movimiento corporal que -idealmente- se encarnó en un molde sonoro.”

Una buena forma de rematar este repaso a una obra estimulante y, en muchos aspectos, singular: hacerlo a lomos de otro gigante de la composición -y de la controversia “insolente”, también-, Wagner; eso sí, esta vez en el rol de crítico desatado.

Luis Mazorra Incera

Madrid, octubre de 2018

 

                                                                              

Séptima sinfonía en la mayor, op. 92

de Ludwig van Beethoven

Compuesta entre 1811 y 1812

Estrenada en Viena el 8 de diciembre de 1813

(con el propio compositor -Beethoven- dirigiendo la obra)

Movimientos:

I.Poco sostenuto – Vivace

II.Allegretto

III. Presto

IV.Allegro con brio

[1]“Das Andante [¡sic! -literal-] (A moll) musste jedesmal wiederholt werden und entzückte Kenner und Nichtkenner“. [“El Andante [literal] (la menor) tuvo que ser repetido cada vez y deleitó tanto a entendidos como a no entendidos“]. [»Allgemeine musikalische Zeitung«:26 de enero de 1814].