Photograph of bust statue by Hugo Hagen, based on life mask by Franz Klein done in 1812

El emperador de los conciertos
(A propósito del Quinto concierto para piano y orquestade Ludwig van Beethoven)
Por Luis Mazorra Incera

Hay pocas obras en toda la historia, en la historia del arte o en la de la música en particular, que representen, en sí mismas, sin más añadidos: un antes y un después. Obras que hayan supuesto tamaño impulso en su arte o circunstancia, que no permitan ser consideradas como un simple eslabón más de un flujo continuo de cambios comparables y progresivos.

Un antes y un después

Este impulso, este salto cualitativo, este “talanteinnovador” como se diría en contextos más cool, puede producirse por muy variadas razones, no todas, en principio, forzosamente “positivas”. Y así, la obra, como el personaje o el acontecimiento, puede suponer, por ejemplo, en tiempos de crisis, un punto de inflexión en un sentido diferente al que se desarrollaba con anterioridad, o bien, puede suponer una vuelta atrás, en tiempos reaccionarios en lo social, político o religioso, o también, como va a ser el caso que nos ocupa hoy, puede plantear tal cúmulo de novedades en las convenciones de su arte, que adquiera, quizás sin pretenderlo, una trascendencia casi inverosímil a priori. Como suele decirse, a veces coloquialmente, tras estas obras yanadavuelve a ser igual…en su disciplina o género.

Nada volverá a ser lo mismo

¿Qué obras de todo tipo, musicales en particular, serán éstas que cambiaron para siempre la concepción tradicional de su género? Y al margen, para contextualizar esta pregunta en ámbitos más amplios ¿Se os ocurren acontecimientos o personajes que hayan supuesto un cambio trascendental en la historia? Quiero pensar que son legión, pero puede que esto no sea así, si lo analizamos detenidamente.

Ni cumbres ni adelantados

Porque tened mucho cuidado y no os equivoquéis al precipitaros, que no me estoy refiriendo a las grandes obras o autores de cada periodo histórico o estético. Obras como pueden ser, en literatura por ejemplo, nuestro Quijotede Cervantes -en el siglo XVII-, o el decimonónico Faustode Goethe, en la misma cima del romanticismo germánico y universal… o, en música, los Schumann, Chopin o Liszt, cumbres también del romanticismo, especialmente en lo pianístico… aunque no solamente.

Ni tampoco me quiero referir a obras pioneras que no han sido entendidas hasta mucho más tarde. Lo que suele llamarse, también en términos coloquiales y, a veces, con impertinente sorna: autores u obras “adelantados a su tiempo…”. Autorescomo Leonardo Da Vinci, como nuestro Goya, como caterva de filósofos griegos, con Sócrates u obras como aquellos Diálogosde Platón del siglo cuarto antes de Cristo o, por qué no, cualquiera de los libros de la Biblia, escritos durante cerca de mil años. Tampoco me refiero a este tipo de obras insondables.

Cambios irreversibles en la práctica

Me refiero a cambios, a obras, a acontecimientos que, por su cúmulo de innovaciones, en ocasiones meramente cuantitativas o ya planteadas por separado, han impedido, enlapráctica, una vuelta atrás.

En la historia, quizás sea más fácil distinguir acontecimientos clave de este tipo. Se me ocurren, a bote pronto, los más obvios: el descubrimiento de América, la invención de la imprenta o la revolución francesa… En la historia de la ciencia, personajes de la talla de Isaac Newton y sus Principios matemáticos de filosofía natural-de 1687-; El origen de las especiesde Charles Darwin -de 1859-, o al nobel Albert Einstein y sus artículos fundamentales de su particular «annus mirabilis» -el «año milagroso» de 1905-.

El «acorde del Tristán»

En la historia de la músicasuele mencionase, en este sentido progresivo e irreversible, y esto ya es un tópico algo manido: el Tristán e Isoldawagneriano… Una monumental ópera cuyo enigmáticoacorde: el «acorde del Tristán», sigue concibiéndose como un límiteinfranqueable en la técnica tonal funcionaldefinitoria de toda la estética musical clásico-romántica. Una estética que aún sigue coleando en la música actual, especialmente en el sincrético mundo, más comercial, de la banda sonora cinematográfica.

Pero no nos despistemos con armoníasalteradasy visionarias y sus motivosconductores, y vamos a adentrarnos en una partitura quizás menos ambiciosa en sus recursos narrativos o estructurales, pero capital y revolucionaria en su género.

Beethoven: Músico «in progress»

Respecto a su autor, al autor de esta magnífica partitura que nos sustrae hoy de otras reflexiones, pocos compositores, me atrevería a decir que ninguno, ni tan siquiera el propio Richard Wagner citado -y ya es-, han representado en música tal grado de evolución estética como él. Su vida fue, toda ella, una auténtica «Workinprogress»: una Vida «inprogress»… La vida que corresponde a un artista, a un músico«in progress»: Ludwig van Beethoven.

Como ya sabréis a estas alturas, un excelente pianistae improvisadorque, sin embargo, centrándonos ya exclusivamente en la magna obra que hoy nos ocupa, cumbre de su catálogo de Conciertos para piano y orquesta, prefirió ceder el honor de su estrenoy sucesivos re-estrenos, a otros tantos pianistas. En primer lugar al Archiduque Rodolfo en su primera audición palaciega vienesa a principios de 1811, seguido de Friedrich Schneider ya en la afamada Gewandhaus de Leipzig y, por último, en su estreno público en Viena, un año después -1812-, a Carl Czerny, todo un avezado alumno suyo, bien conocido hasta hoy en los ambientes pianísticos pedagógicos.

Porque hoy nos vamos a detener en una obra cumbre del de Bonn: su Quintoy último Concierto para piano y orquesta, con el número 73 de opus, escrito en la tonalidad de Mi bemol mayortres bemolesen su armadura-; único Concierto para piano de Beethoven que no estrenara él mismo. Único no sólo de los cinco completados y numerados en catálogo, sino también del llamado Concierto cero, perdido en gran parte y que habitualmente no se suele mencionar, del Triple concierto para violín, violonchelo, piano y orquestay de la Fantasía coralcon piano solista.

¡Hasta dónde vamos a llegar!

Y esto no va a ser una cuestión baladí, porque precisamente por esto mismo, por no ser interpretada por el propio Beethoven, presenta una curiosa peculiaridad para aquel tiempo en lo que se refiere a la supresión de las habituales seccionescadenciales«ad libitum» donde brillaba a sus anchas la lucidez improvisadora del pianista de turno en cada velada.

«Beethoven cediendo este privilegio… en el estreno además… ¡a un Archiduque…!; después en Leipzig ¡a otro músico, compositor y pianista…! y, para colmo, de nuevo en Viena ¡¡a un alumno…!! ¡¡¡Habrase visto!!! ¡¡¡¡La obra es de Beethoven y de nadie más!!!!»-Así me imagino a nuestro Ludwig, refunfuñando entre dientes-.

«Que mi alumno Carl, Carl Czerny, haga de las suyas e improvise a troche y moche… pero en “sus” conciertos… ¡no en los “míos”…! ¡¡Hasta dónde vamos a llegar!!»

Pues eso, lo dicho, dadas estas circunstancias, y las venideras para una obra destinada a trascender, nada de improvisaciones«alla mente». Eso sí, las supuestas cadenciasque van a trufar la obra por aquí y por allá, desde su fulgurante arranque, las escribirá nuestro Ludwig, todas y cada una, de cabo a rabo.

Composición versusimprovisación

Es más, en este sentido pedagógico, esta obra podría ser una fidedigna expresión de la técnicadeBeethoven como improvisador. Una técnica de la que no queda habitualmente rastro en la práctica, al menos entre tanto no llegaron los medios modernos de grabación.

Y, su supresión, la supresión de los consabidos pasajes cedidos a la espontaneidad creativa del intérprete de turno en los conciertosconsolista, una novedad compositivaen este género de obras de lucimiento, de la que ya, fijaos en la autoridad que ha adquirido esta obra, prácticamente ningún otro Concierto para piano y orquestaposterior que se precie, va a poder liberarse.

Adagio un poco… lontano”

El segundo movimiento -«Adagio un poco moto»-de este Quinto concierto,con su temaseguido de sus cuatro variaciones, está escrito en la tonalidad de… si mayor; o sea, nada menos que con cinco sostenidos poblando la armadura. Una tonalidad alejadarespecto de latonalidad que define la obra y, en buena lógica, sus movimientos extremos: Mi bemol mayor-con tres bemoles-. Si echamos cuentas, nada menos que distan ocho quintas en más-o cuatro en menos, si lo prefieren porenharmonía-.

Toda una aventura tonalpara unas variacionesque, al fin, en una genial modulación cromática, abordarán un pasaje de transición-que recuerda otro similar, algo más explícito, de suPrimera sinfonía– y que catapulta este plácido «locus amoenus»hacia el radiante tema, en el tono original de la obra –mi bemol mayor-, del rondó, el«Allegro ma non troppo»final.

Porque Beethoven no va a plantear separación alguna entre estos dos últimos movimientos. Otra innovación respecto a conciertos anteriores. Una novedad que, como todo lo que ataña a esta obra, luego será más que imitada, pensad por un momento, en el Concierto para pianoen la menor de Schumann, en los dosde Liszt o en el famosísimo Concierto en mi menor para violín y orquestade Mendelssohn, … por citar sólo algunos ejemplos sobre la marcha.

Una breve pero eficaz transición, con apariencia de temposuspendido, que eclosiona abruptamente en el explosivo primer tema del característico rondófinal en siete partes con una estructura simétrica -ABACABA, salvando la codafinal-.

Allegro de sonata

Pero volvamos al principio de este Concierto, al movimiento que, habitualmente, es el más elaborado y prolongado de la obra. El movimiento que a menudo, y es el caso también, define, en primer término, su carácter: su primer movimiento -«Allegro»-.

La escritura pormenorizada de las cadenciasdel solista, junto a la forma clásica temática y cerrada, es una genialidad, por cierto, para la que muy pocos autores son aptos, aún hoy… En el jazz,a menudo, se perciben claras y diáfanas, las diferencias entre la encorsetada técnica de improvisación modaly escalística, y la formalidad del tema standardelegido. Todo un reto, «composición versus improvisación», que sólo un músico de la talla de Beethoven, es capaz de realizar con tamaña maestría en ambos frentes.

«Emperador…» What !?

Un editor inglés, andando el siglo XIX, denominó a este Quinto conciertocon el ampuloso epíteto de Concierto «Emperador»… Una ocurrencia que Beethovenprobablemente nunca hubiera aprobado. Se rumorea también que un soldado francés exclamó al final de uno de sus estrenos sucesivos en la Viena ocupada: –“¡Emperador!”.Por la identificación que él encontraba de la obra con el espíritu revolucionariode su época, espíritu francés(?!), eso sí… Nada de esto será cierto. Aunque, «si non en vero…» -¡que a buen seguro, no lo será!- perfectamente podría ser… «ben trovato».

Otra es la realidad mostrada por los musicólogos, como el muniqués Alfred Einstein -por cierto, pese a la coincidencia de los apellidos, poco o nada que ver con el afamado científico citado, Albert Einstein; se dice que podrían ser primos sextos… ¡o séptimos…!-. Pues, como decía, buen tropel de estudiosos afirman que el estilo Beethoveniano que se manifiesta con pujanza en ésta como otras obras, se sustenta en un destacadocaráctermilitar.

Estilo «militar»

Un «estilo militar»que estaría inspirado en, creo que lo habéis adivinado por alusiones, en un autor al que ahora por lo visto -Romaric Godin-atribuyen la mismísima Marsellesa. ¡Ahí es nada…! Vamos, que ya no es más Rouget de Lisle. Aquel himno que cantara con tanto ardor patrio la taberna de Rick-Humphrey Bogart- en Casablanca, o que se enuncia por aquí y por allá en los pasajes descriptivos de la batalla contra los invasores franceses, en la popular Obertura 1812de Tchaikovsky.

La conexión italo-francesa

Nos referimos al músico francés de origen italiano: Giovanni Battista Viotti. Un compositor y violinista conocido por sus incontables, aún interpretados más de una veintena, Conciertos para violín y orquesta. Su Tema y variaciones en do mayor, de 1781, es precisamente la base documental de aquella supuesta paternidad de La MarsellesaLe tribune, 2015.

La conexión militar y francesa, o italo-francesa mejor, está pues servida. A la postre, tampoco estaba tan descaminado aquel avispado editor inglés, el de la ocurrencia imperial, me refiero. Pero es que, aunque sólo sea por lo que ha representado en la evolución de los Conciertos para piano y orquesta, estamos ante un Concierto«Emperador». Además este Concierto,si me lo permitís, podría ser perfectamente el emperadorde todoslos conciertos para solista y orquesta, los para piano por supuesto, pero también para violín, para violonchelo, flauta, trompa, trompeta… para contrabajo incluso.

Un Concierto emperador, con sus cadenciasfijadas, pero también con un intenso y contrastado diálogoentre solista y orquesta, diálogo “de igual a igual” para lo que fue básico el progreso técnico y acústico realizado por el piano en la Viena de su tiempo… Incluso su tonalidadha sido retomada, quizás en forma un tanto supersticiosa, por varios conciertos para pianoposteriores. El propio Beethoven repetía esteMi bemol mayorde un conciertode juventud perdido, el llamado Concierto “cero”, recuperado y grabado con la mejor intención a partir de los manuscritos conservados de la parte solista de piano.

1808: otro «Annus mirabilis»

Pero no nos despistemos de nuestro afán, ni con Wagner o Viotti, ni tampoco con este fruto perdido de su juventud concertística, y sumerjámonos en el espléndido Allegro de sonata inicial del QuintoConcierto para piano y orquesta en mi bemol mayor, llamado para bien o para mal: «Emperador»,compuesto por Ludwig van Beethoven entre los años 1809 y 1811.

Una obra escrita, por tanto, poco antes de su Séptima sinfoníay en plena efervescencia del éxito simultáneo cosechado por sus Quintay Sextasinfonías, por el magnífico -para algunos más inspirado que éste-, Cuarto concierto para pianoy por la Fantasía coral. Todas, partituras estrenadas en aquel día mágico en vísperas de la Navidad de 1808. Por cierto, ya que lo mencionamos: 1808, otro «annus mirabilis»,otro año milagroso…como el 1905 ya citado.

El «emperador» de los conciertos

Un ramillete, pues, insuperable de grandes obras, y en apenas un quinquenio. Un ramillete privilegiado que se coronará por la Novena sinfonía coral, la década siguiente. Obras que cortejan pero, en modo alguno, acorralan a este luminoso, asertivo y categórico: ¡Emperador!

Un Concierto para piano y orquestaque, tras doscientos años largos de vida, aún sigue, ahí, gobernando imperturbable el repertorio, en su bien ganado trono de gloria: ¡El «Emperador de los conciertos»…!

Luis Mazorra Incera

Madrid, octubre de 2018

Quinto concierto para piano y orquesta en mi bemol mayor, op. 73. Concierto “Emperador”
Ludwig van Beethoven(Bonn, 1770 – Viena, 1827)
Composición: Entre 1809 y 1811
Estreno: 13 de enero de 1811
Palacio del Príncipe Joseph Lobkowitz
Solista al piano: Archiduque Rudolph
Duración: 40-45 minutos