El Concierto “Number ONE”… y siguientes… En torno al Concierto para piano y orquesta… romántico

por Luis Mazorra Incera

1.- ¿Quién es…? ¿¿quién??

Érase una vez, hace buen número de años, tantos…, ¡tantos años…!, fijaos bien, que me remonto nada más y nada menos que… ¡al siglo pasado! (…) Pues, bromas aparte y sin remedar cuento alguno, fue entonces cuando, en cierta entrevista, me preguntaron con relativa ingenuidad, una cuestión algo trivial, a veces, si queréis, hasta impertinente. No tanto por su contenido, que, como ya dije, es liviano, sino por la terca insistencia que la suele acompañar:

– ¿Quién es “el mejor” pianista del mundo?

Una cuestión que saco a colación en este preámbulo porque, justamente ayer mismo, me la demandó, sin previo aviso ni venir demasiado a cuento, esta vez en una inquieta y envidiable inocencia, un jovencísimo alumno de este instrumento rey decimonónico: el piano.

Un piano que reinó, sin prácticamente antagonistas, aquel siglo romántico y aún, si me apuráis, mantiene este cetro a trompicones, con sus más y sus menos, su caterva de fanáticos y litigantes, por sus secuelas hasta el día de hoy. Un piano mayestático y triunfante que más de uno identificaría de inmediato en el visceral, majestuoso y monumental arranque de una de sus obras solistas con orquesta más conocidas y reconocidas… más popularizadas… sino la que más… Una obra que, no en vano, ostentando en su título el número uno, podría decirse que es eso: un “number one (!)” de lo suyo… Un “number one” del gran concierto para piano y orquesta… Una entrada de un piano pletórico, cuyos acordes tríadas, secos, placados con ambas manos, me gustaría estuvieran ya martilleando vuestra cabeza en todos sus registros -grave, medio y agudo-, mientras escoltan -aunque a medida que adelanta la pieza, no se sabe ya muy bien quién a quién…- esa inolvidable melodía de la cuerda…

Una pregunta, ésta de… “quién es el mejor pianistadel momento o de todos los tiempos, que tanto da-“, que se escucha con periódica frecuencia, azuzada por medios de comunicación siempre interesados, ávidos de rankings, de polémica y ¡claro está!… de negocio…

Una demanda que, por cierto, compite a brazo partido con otra “pregunta del millón…” que cuál es ésta… Pues, lo siento, va a ser una cuestión bastante más manida aún que la anterior… si cabe. Seguro que la habéis adivinado ya:

– Y… ¿Quién es tu compositor preferido? -en sus variadas vertientes, también, ya sea en faceta de intérprete, de músico creador, de crítico o de erudito, o… en último término, de simple espectador-.

Una cuestión que podría reformularse en otra similar a la primera… aunque bastante más cargante e inoportuna… absurda incluso:

– ¿Quién es, para ti, “el mejor” compositor  de la historia?

Por cierto, ya que estamos en esto de las adivinanzas obligadas, si os portáis bien…, os dejaré alguna pista de mis respuestas de juventud a la primera de las preguntas -la del “mejor pianista”-, y, de mi cuasi-infancia a la segunda -la de “compositor preferido” o “mejor compositor…”-. Y, por favor, no hagáis entre tanto extrañas cábalas… De hecho, os adelanto que, tanto a una como a la otra, pese a mi corta edad, fui bastante natural y previsible. Hasta el punto de que creo que respondería hoy, por contenido, exactamente lo mismo… y no creo que lo hiciera en mejor forma… Lo podríais comprobar si quisierais, probablemente en los archivos sonoros de Radio Nacional de España en mi Cantabria natal.

Pero, anécdotas al margen, tras estas dos recurrentes cuestiones, un entrevistador algo más intrépido, pensando quizás en las grandes obras de virtuosismo para piano solista y tratando torpemente de demostrar una fatua erudición… puede soltarte casi sin pestañear, con cierta petulancia y en la misma línea… ¡para rematar faena, vamos!:

– Y… -ajustándose quizás la corbata-… ¿Cuál crees que es… “el mejor” (!?!) Concierto para piano y orquesta?

¿El “mejor”? ¿El más grande, el más difícil, el más popular, el más reconocido, el más tocado, el más pianístico, el más musical…? ¡El desiderátum!

2.- El Concierto… “Number one”

Alguno seguro que pensará ahora mismo… ¿será este Concierto que nos ha sugerido de rondón desde el principio…? Me refiero, al Concierto que llamé… el “Número uno…” –el “Number one (!)”-, culmen y paradigma de este género, en un romanticismo pleno, pero ya algo avanzado. Y es que aquella representativa y categórica introducción que antes describí en sus primeros compases, parece haberse consagrado como tal… Me refiero, todos lo habréis deducido ya, al Primer concierto para piano y orquesta escrito por el compositor ruso Piotr Illich Tchaikovsky [PIT] en la “curiosa” tonalidad de si bemol menor -una tonalidad no tan “curiosa…” si reflexionásemos un mínimo en las ergonomía y geografía del teclado-.

Un Concierto, este Primero de Tchaikovsky, mil veces exaltado y mil veces… parodiado… también.

3.- Exaltación y parodia

Exaltaciones como la que profesara el Hollywood fílmico de otros tiempos más dorados, y, sin ir más lejos además, en las diestras manos un brillante pianista levantino de inmortal memoria: José Iturbi [JI]. O en versiones aparentes, sí, algo más empalagosas, también, como la celebérrima que firmara Ray Coniff [RC] sobre este mismo tema de Tchaikovsky. Por mucho que la critiquemos, que podríamos estar así largo y tendido, hemos de rendirnos a la evidencia de que, en el último cuarto del siglo pasado -aún hoy-, mucha de la popularidad en todo el mundo de esta obra, de éste su Primer concierto para piano, se debe, precisamente, a este, sí, lo acepto, relamido y edulcorado, pero resultón y pegadizo arreglo alla Coniff… música entre pop, mueble o de recepción hotelera…

Versión que se decantara pronto en líneas más humorísticas… enredándose en una especie de canon perpetuo al que esta introducción se presta fácil… un ciclo armónico y melódico infinito a dos pianos, protagonizado por aquel, no sé si clown o pianista –viceversa o ambas cosas, como ustedes deseen-: Victor Borge [VB]. A Tchaikovsky, eso sí, dudo mucho, muchísimo, que le hubiera hecho gracia alguna este irreverente y bastante simplista sketch… Un sketch en el fondo basado más en Coniff ya, que en Tchaikovsky.

Caricaturas que, extendidas ya a todo un género, especialmente entre los compositores rusos -el citado Tchaikovsky y, sobre todo, su derivación el siglo siguiente, Serguei Rachmaninov [SR]-, con una alusión adicional de otro pórtico de concierto memorable, tan icónico como el anterior -el crescendo sobre trémolo de timbal del Concierto para piano y orquesta en la menor de Edward Grieg [EG]- la retoman con relativo desenfado e inteligencia, la troupe humorístico-musical argentina, Les Luthiers [LL]: Concierto de Mpkstroff -El grosso concerto-. Apostillando así, a su vez, en una pirueta burlona de las suyas, otras expresiones musicales concertantes de un pasado barroco que les ha resultado a menudo inspirador.

4.- ¡Mozart!

Pues en esas estamos hoy… hurgando en un brillante repertorio: el repertorio del Concierto para piano y orquesta. Un catálogo de grandes obras, generoso en calidad y cantidad, y, además, netamente romántico, es verdad, pero que, sin embargo, tuvo avances trascendentales en el periodo clásico -o clasicista– previo, con Wolfgang Amadeus Mozart [WAM], especialmente. Un Mozart, como sabemos, virtuoso del teclado, teclados de clavicordios con características sonoras diferentes a las actuales, más frágiles y con diverso equilibrio dinámico entre registros, que precisan de cuidada articulación y sesgado uso y abuso técnico, en su traslación al piano moderno… Instrumentos originales, como aquel que, a buen seguro, iluminara la composición del celebérrimo andante de su Concierto vigésimo primero en do mayor. Concierto para piano y orquesta que popularizara, entre otras muchas, la banda sonora de una película sueca de los sesenta: Elvira Madigan [EM], dirigida por Bo Widerberg. Una película cuyo título, curiosamente, ha unido sus destinos a este concierto. El Concierto “Elvira Madigan” de Mozart se dice por ahí… Un Mozart que viera también -como aquel “Tchaikovskynumber one”- su… arreglo “de consumo”… arreglo “alla Coniff…” eso sí, esta vez dentro de nuestras fronteras… sí, y con todo un experto de su tiempo en estas lides: Waldo de los Ríos [WR].

5.- Técnica versus estética

Un repertorio, el del Concierto para piano y orquesta, que, como comprenderéis, estuvo íntimamente ligado a los avances técnicos en materia de construcción de este instrumento durante todo el siglo XIX, sus tres pedales en los pianos de cola, la cada vez más precisa y rápida articulación sin mermar potencia sonora -sino al contrario-, sonido mejor proyectado y más homogéneo en graves y agudos. Un instrumento capaz de llenar, así, grandes salas de concierto y de competir con una todopoderosa orquesta romántica, cada vez más nutrida. Como en aquel final Allegro scherzando, con una poderosa cadencia pianística del, no menos popular si cabe, Segundo concierto en do menor de Rachmaninov -el RACH2, en jerga al uso-, donde piano y pianista, deben dar oportuna contrapartida a un brutal crescendo de la orquesta coronado por los platos en la percusión… para preparar aquel extático final de todos conocido.

6.- Mozart de… ¡tormenta y desasosiego!

Y es que los conciertos para piano y orquesta románticos son una oportunidad sin par para la ostentación de la técnica del solista, como fueran los casos citados, en ocasiones una técnica rendida a la pura improvisación en las, llamadas, cadencias… Una improvisación, ya sea, in situ y alla mente –inicialmente-, ya sea escrita y bien escrita a puño y letra del compositor de turno -coincida, o no, con el del Concierto en el que se inscribe-, pero siguiendo aquel libre espíritu. En este sentido -y muchos otros me temo- Beethoven ha sido un gigante de este progreso. Este sí que un verdadero “Number one”. Desde sus dos primeros conciertos de corte más clásico… herederos, entre otros, de aquel pionero Concierto veinte en re menor del alabado Mozart de Sturm und Drang… un Mozart de… ¡tormenta y desasosiego!

7.- El “Tico-Tico” es beethoveniano

Por cierto, ya que nos adentramos con Mozart en este primer Beethoven, relativamente deudor del clasicismo, os reto a que escuchéis, y, por favor, sin prejuicios, el rondó final, Allegro scherzante también, del Primero de sus conciertos para piano y orquesta en do mayor… Pues como habréis podido comprobar… el parecido con un tema brasileño bastante popular, tema que versionara hasta el mismísimo Paco de Lucía, es prodigioso… Sí, definitivamente, el Tico-Tico es… ¡beethoveniano! ¿Quién lo diría, verdad? Me siento como un spoiler, espero no haberlo sido, porque tras esta revelación creo que es difícil volver a escuchar de igual reverencial manera, el Primer concierto para piano y orquesta de nuestro, tan querido como alabado: Herr Ludwig van Beethoven [LB].

Pues, como dije, desde estos dos Conciertos para piano y orquesta de Beethoven con corte más clásico, llegamos al escrito en la incitante tonalidad de do menor -tonalidad clave de su simbólica Quinta sinfonía– el Tercero en su cuenta particular -si salvamos un juvenil Concierto número cero, no incluido en dicha ordenación-. Un Tercer concierto para piano y orquesta en do menor donde ya se perfila una nueva voluntad de cambio técnico y, sobre todo, estético. Todo ya es Beethoven.

8.- El “emperador” de los conciertos

Una evolución que eclosionará después en los dos siguientes, igualmente inspirados pero absoluta y extrañamente autónomos: El Cuarto concierto en sol mayor, para algunos -muchos-, musicalmente, su más inspirada obra de concierto… y, sobre todo, el Quinto concierto y último, mal llamado Concierto Emperador”, donde, al margen de la mayor o menor iluminación, su nuevo pensamiento compositivo da un paso de gigante prefigurado desde su monumental comienzo. Un prodigio de improvisación, pero, y ahí está la genialidad técnica y estética, detalladamente escrita por un autor versado en ambos lances, el improvisador, donde era ganador de buen número de concursos, y el compositivo, y excepcionalmente fusionada con la potente forma sonata convencional en la tonalidad de mi bemol mayor, a la que preludia. Y es que, no es exageración alguna, afirmar que, toda la evolución de este género, del género del Concierto para piano y orquesta, pende de esta obra capital… y si me apuran, de este exordio de taxativa naturaleza pianística. Bien es sabido que este detalle, el de escribir todas las cadencias improvisadas en su Quinto concierto, le vino a Beethoven por ser el único concierto de los que escribiera que no lo pudiera estrenar él. Vamos, resumiendo que…: “… si Carl Czerny [CCZ] -uno de los primeros pianistas que lo estrenara y alumno del propio Beethoven- quiere improvisar una cadencia… ¡que la haga en sus conciertos! ¡Habrase visto!” -pensaría Ludwig y con toda la razón-… Lo curioso es que, es tal el influjo de esta obra que, a partir de ella no hay Concierto para piano y orquesta de cierto porte en que se vuelvan a dejar las cadencias al arbitrio del intérprete, costumbre que antes era la habitual… Lo dicho, este Quinto concierto marcará un antes y un después en su género.

9.- Posturas enfrentadas

Tras este monumento beethoveniano… ¡el “emperador de los conciertos”! he exclamado en alguna que otra ocasión más arrebatada… el compositor romántico, se ve, a menudo en obras diferentes, tras fiascos o por pura búsqueda, introspectiva o de experimentación, en la encrucijada de dos posturas relativamente enfrentadas entre sí:

  • El alarde pianístico del solista al que todo en la obra se subordina…
  • La exaltación formal –cuasi sinfónica, si así lo prefieren- en oportuno maridaje del piano con la orquesta…

Y todo esto, como comprenderéis, sin abandonar los terrenos habituales para el resto de géneros musicales: la inspiración melódica, armónica y rítmica, la estructura, la tímbrica…

10.- Dos conciertos para piano y orquesta de Brahms

De entre los conciertos para piano que han ido ganando puntos desde una visión más formal o concertante, en abierta lucha entre piano y orquesta -un piano, casi, sinfónico-, se erige el Primer concierto para piano y orquesta en re menor de Johannes Brahms [JB]. Un amalgama entre ambos, piano y orquesta, muy poco apreciado en un primer momento, aún con sus trances más radiantes, como, por citar un ejemplo a bote pronto, el de la reexposición y brillante coda del primer movimiento.

Un Brahms que, en su más exitoso y aparente Segundo concierto en si bemol mayor tomó otros derroteros más trillados, de realce técnico creciente para el intérprete… Eso sí, rompiendo de paso con la tradición, una ley no escrita, de sus preceptivos tres movimientos acostumbrados hasta ese momento:

  • Un primer movimiento, Allegro de sonata con su cadencia.
  • Un movimiento más lírico y reposado, con alguna incursión virtuosítica opcional intercalada.
  • Un rondó final… ¿Allegro scherzante…? ¿por qué no?

Tres movimientos, que ya a aquellas alturas de siglo XIX, en pleno romanticismo, se fundieron en ocasiones, en sólo uno como mencionaremos más tarde…  Pues bien… aquí, en el Segundo concierto de Brahms nos vamos a… cuatro movimientos ¡… y vaya movimientos! Aunque la duración conjunta, con ser generosa, es análoga a la del Conciertosinfónico” previo.

11.- Grandes pianistas y, “sin embargo” (?), grandes compositores

No podemos olvidarnos, en este somero repaso a toda una prodigiosa evolución de este exitoso género, de los grandes pianistas y, lo que es más importante, no menos grandes compositores…

  • Como, en primer lugar, Robert Schumann [RSCH], con su Concierto en la menor, inspirador de muchos otros… Su magnífico primer movimiento, Allegro affettuoso, fue inicialmente una pieza separada.
  • Frédéric Chopin [FRCH]… con sus dos Conciertos… una referencia… absoluta autoridad pianística… al margen de la orquestación en la que recibiría alguna que otra ayuda… como en aquel movimiento final… Rondó con la indicación de tempo y carácter de Vivace, del primero de ellos, escrito en la tonalidad de mi menor… -por cierto, una tonalidad más propia, por técnica y armónicos, de los conciertos con violín solista-.
  • O un Franz Liszt [FRL] que se atreve a experimentar en los suyos, dos también, al margen de otras obras trascendentales con piano y orquesta: formas ampliadas con sus movimientos fusionados, sin solución de continuidad… de indudable efecto macro-formal conjunto. Como en el final de su Primer concierto en mi bemol mayor. Un primero, que, como en el caso de Chopin, es su Concierto más popular y frecuentado…

Para llegar así -Schumann, Chopin, Liszt… y otros muchos que dejamos a vuestra averiguación- a otro concierto referencia que ya hemos mencionado… comparable en cierto modo al Primero de Tchaikovsky, o a los tan divulgados y técnicamente terroríficos de Rachmaninov -el “Rach2” citado y… el temible “¡Rach3!”, especialmente-… Si me apuráis, un concierto comparable por su influjo, a los más preciados… Su icónico redoble de timbales inicial, aún retumba en los oídos de quien lo escuchara por primera vez… Me estoy refiriendo hace un tiempo, al lisztiano, schumanniano… como quieran, pero, ante todo, nórdico y personal: Concierto en la menor para piano y orquesta del flamante compositor noruego, y, sin embargo (?), también pianista, Edward Grieg…

Y ya de lleno dentro del mundo musical nacionalista, los Conciertos del húngaro Béla Bartók [BB]… también pianista… Conciertos coronados por el Tercero en mi mayor que escribiera en su exilio de Estados Unidos, ya gravemente enfermo de una leucemia mortal, y que dejara inconcluso por apenas diecisiete compases… y fuera completado por su alumno, violista y compositor compatriota suyo, Tibor Serly [TS].

Volviendo a la Unión Soviética, el ucraniano Serguei Prokofiev [SPR], excelente pianista, con su más recurrente, especialmente en los concursos pianísticos: Tercero en do mayor, o aquel otro temible y de más rara interpretación, su Segundo concierto en sol menor, con una de las cadencias para piano -la excepcional y hercúlea de su primer movimiento Andantino-Allegretto– proporcionalmente más largas del repertorio. Sin exagerar, una monumental cadencia que ocupa, prácticamente, la mitad de dicho movimiento (!).

O el ruso Dmitri Shostakovich [DSCH], también pianista extraordinario, se decía también, que algo indolente, como los citados antes. El delicado Andante de su Segundo concierto para piano en fa mayor presenta, a estas alturas ya de la evolución de esta forma, un sorprendente y genial corte clasicista.

Espíritu similar, éste del segundo movimiento del también Segundo concierto de Shostakovich, que inspira el Adagio assai del Concierto en sol mayor del vasco francés… “impresionista y apache” (!)…: Maurice Ravel [MR].

14.- Desde España con… nocturnidad y Andalucía

Y… ¡cómo no! También desde nuestro país. Las Noches en los jardines de España de Manuel de Falla [MF] son toda una referencia con un piano solista próximo a aquella imagen más formal y concertante… Entre esta adscripción próxima, en su caso, al poema sinfónico más que a la sinfonía de tomo y lomo, y su amplitud comprometida por dicha vocación, hace que no haya calado de igual forma en este género virtuosístico. Un Falla poemático con… “nocturnidad… y Andalucía…

15.- La solución a los “enigmas”… con intriga

Un repaso rápido y somero a algunas de la obras más importantes de este género, el género del Concierto para piano y orquesta, del que ya me despido… no sin antes dejaros alguna pista… lo prometido es deuda… de quién era, en mi juventud el mejor pianista… deciros que ha dejado grabados la mayor parte de los conciertos para piano y orquesta más renombrados, con muchas de sus actuaciones en vivo. Especialmente aquel que llamamos Concierto “Number one”… el Primero en mi bemol menor de los tres que con esta denominación escribiera Tchaikovsky…

Respecto… a quién era el mejor compositor para mí… en aquel momento lo repetí torpemente hasta tres veces, cavilando pensativo otras posibilidades alternativas, mientras respondía al micrófono… Hoy, os digo que ha brillado este gigante de la composición musical… ¡sí, ha brillado…! ¡¿y cómo?!… Ha brillado… “por su ausencia…” No le he mencionado… ni tan siquiera de rondón… ni tampoco ninguna de las, muchas y maravillosas por cierto, versiones para piano de sus obras con teclado o teclados solistas… Su sucinto apellido, deletreado escrupulosamente, nos podría servir para improvisar a vuela pluma una pequeña obra musical ilustrativa… como ya hicieron otros muchos compositores hasta hoy, por cierto. El conciso apellido de aquel genio inmortal -que hoy ha brillado aquí, como dije, por su ausencia- fluiría como un “arroyo” a través de sus notas y figuraciones… A buen entendedor pocas palabras bastan… Pocas palabras y, como sugerí, pocas alturas… pocos tonos, quiero decir… con cuatro bastarían…

Os dejo pues, con esta doble intriga…: el escueto apellido de aquel compositor que como acrónimo musical fuera posible germen de una nueva obra y la identidad del categórico protagonista de un imaginado Concierto-Tchaikovsky “Number ONE”, en cualquiera de las múltiples versiones grabadas que nos dejara este célebre, concienzudo, ritual -casi litúrgico– pianista de antaño…

Luis Mazorra Incera

Madrid, mayo de 2019