La creación de Adán, fresco en el techo de la Capilla Sixtina, pintado por Miguel Ángel Buonarroti alrededor del año 1511

En clave de luz

(A propósito de La Creación de Franz Joseph Haydn)

Por Luis Mazorra Incera

En los tiempos que corren, tiempos de Big Bang, de universos paralelos, de agujeros negros o de gusano, de ADNs, de ingeniería genética, de nuevas biologías, de búsqueda de vida extraterrestre, señales WOW y réplicas ausentes, de sondas interestelares y demás “misterios sin resolver…”, plantear como hilo argumental de una obra de nuevo cuño -¡una obra artística y musical de altos vuelos!-, el tema de: “la Creación”, no deja de ser, aún hoy en día, una prodigiosa, osada y temeraria aventura. Una aventura artística e intelectual planteada aquí hace más de doscientos años, a finales del siglo XVIII, en la forma de un gran “oratorio” al estilo de los aclamados de Händel​ a principios de este mismo siglo.

Una forma, la del citado “oratorio”, que definía una obra musical muy similar a la ópera pero con, a menudo, tema religioso, sea éste de carácter narrativo o no, y con la particularidad de no precisar, en general, de representación dramática alguna en escena. Una obra, en el caso que nos ocupa, “cósmica” también por lo material, pues exigía además de un generoso contingente orquestal -una “orquesta a dos” con dos trompas sí, pero con tres flautas y, sobre todo, tres vigorosos trombones en su notoria sección de viento metal-, con un nutrido coro -protagonista indiscutible de esta partitura- y, por último, con tres solistas vocales, a saber: soprano, tenor y barítono-bajo.

Una aventura osada

Para empezar fijaos en el atrevimiento de querer representar, de intentar “figurarse con música”, la aparición sucesiva de todo lo creado, de todo lo que nos define y circunda. De todo ¡nada más y nada menos…! Del cosmos y todas sus especies, la materia y la antimateria… De los astros, por lejanos que sean, y la tierra en particular, pero también en el detalle de sus ríos, montañas, plantas y animales que la pueblan… y por fin, de la pareja humana. El culmen de aquella Creación: “…hombre y mujer los creó”.

Una tarea afrontada ordenada y concienzudamente por El Creador durante seis días –“el séptimo descansó”– de una semana simbólica, tal como se narra en los dos relatos del Génesis -algo discordantes, por otro lado-. Para quien quiera releerlos, no tiene pérdida, pues se presentan sucesivos de sopetón en el mismísimo arranque del Antiguo Testamento y, por tanto, de la Biblia cristiana en su conjunto.

Una aventura peligrosa

Una aventura, pues, en nuestra mentalidad de pleno siglo XXI, científica sí, en cierto modo, pero también religiosa, humanista y didáctica por igual; atractiva y estimulante en principio, pero también, en la misma medida, controvertida y, a nadie se le escapa que, aún hoy, peligrosa… ¡Muy pero que muy peligrosa!

Peligrosa sobre todo, por lo que conlleva en la forma de entender el mundo, la naturaleza y el hombre. Una aventura peligrosa que se va a modular por un enfoque más racional“claro y distinto” que diría Descartes-. Así, a la luz de la razón, parte de un “caos primordial”-y no tanto de una “nada” o “el vacío”- así como adopta una pose poética prestada para abordar estos pasajes bíblicos enfrentados del Pentateuco, al margen de su contradictoria literalidad.

Un desafío colosal

Pues fijaos bien, si aún es controvertido el tema al día de hoy, imaginaos por un momento entre velas, visillos y pelucas, en los tiempos en los que Franz Joseph Haydn -a los mandos de su convincente partitura musical- y el barón Gottfried Van Swieten -a los del libreto-, afrontaron este reto: la composición de un ambicioso oratorio, definitivo en sus respectivas carreras: La Creación (Die Schöpfung en su idioma original).

¿Una coincidencia premonitoria?

Para que os vayáis ubicando en el tiempo y en el espacio, un reto desarrollado entre los años 1797 y 1798, y que vería su estreno al año siguiente, en el antiguo Burgtheater de Viena: el 19 de marzo de 1799. Y esto, pese a que su iniciativa le vino a la mente mucho más lejos… tan lejos como que se salía ya fuera de las fronteras del agonizante Sacro Imperio Romano Germánico: ¡de Londres, nada menos! Pero esto es otra historia… Por cierto, una historia paralela -¿coincidencia premonitoria?-, a otra que ocurriera un cuarto de siglo después y que, curiosamente, emparenta esta Creación haydniana con la mismísima Novena sinfonía de Beethoven… que será encargada y estrenada respectivamente en aquellas mismas capitales: Londres y Viena.

Tiempos de revolución

Pero, antes de entrar en detalles, no adelantemos acontecimientos, situémonos un poco en escena y pongámonos en la piel de sus protagonistas, de sus autores, y especialmente de Papá Haydn.

¿Qué tiempos tan complejos eran aquéllos que arroparon este gran oratorio del repertorio de concierto? ¿Tiempos de revolución acaso? ¿Tiempos de cambio? Pues sí, eran nada más y nada menos que los tiempos de la Ilustración que siguieron a la, aún cercana, cruenta Revolución francesa de 1789. Una ilustración definida por una palabra que, todo sea dicho, viene, como bien sabéis, de iluminar, de alumbrar, de sacar a la luz… en suma, de divulgar, con todo lo que esto conlleva. La ilustración era pues el sinónimo de una modernidad entendida como el imperio de la razón frente a todo tipo de oscuridades, arcanos, ocultaciones, misterios y fantasías del pasado, proscritas así de un plumazo, guillotina en mano, y tildadas con desprecio como pura especulación supersticiosa.

Ya os daréis cuenta que una Creación inspirada en los dos relatos bíblicos citados, los Salmos y, sobre todo, en doce libros de poemas escritos en el siglo anterior -1667- por John Milton, bajo el sugestivo título de: El paraíso perdido, no era precisamente un comienzo especialmente “iluminado” en aquella concepción ilustrada. Pero tampoco iba a ser todo lo contrario, como veremos.

El espíritu de la Ilustración, de natural didáctico, se vuelca y resplandece en la racionalización científica y pedagógica, precisamente de temas como éste –la Creación-, como sobre otros muchos agrupados en sus pretensiones enciclopédicas. Temas ligados a la forma de entender el hombre y el mundo que le rodea, y ansiosos por ofrecer una nueva cosmovisión o, dicho en la lengua de Lutero, una nueva “Weltanschauung”. Un término al uso filosófico y teológico acuñado hoy internacionalmente con esta misma acepción del alemán, la misma lengua materna del autor de la partitura de esta obra: Franz Joseph Haydn.

Haydn: ¿el nuevo Händel?

Porque Haydn, generoso pionero sinfónico, a menudo llamado con cariño “Papá Haydn”, era, por aquellos años finales del siglo XVIII, un renombrado compositor de nacionalidad austriaca, aunque gran parte de su vida estuviera al servicio de la rica y aristocrática corte de la familia Esterházy de Hungría. Un compositor austriaco baluarte -salvando el genio mozartiano– del periodo y estilo clásicos o clasicistas”.

Un renombrado músico, Haydn, por cierto ya entradito en años, con una vida, que, para lo habitual por aquel entonces, se antojaba ya, a la par que intensa, especialmente longeva y que entraría a hurtadillas en el siglo XIX, hasta 1809. Años de relativa ancianidad y sus achaques consecuentes, que no le impidieron realizar algunas correrías viajeras por Londres, de donde le viniera, allá por 1791 y entre otras muchas iniciativas sinfónicas consumadas con gran éxito, el encargo de esta gran obra sinfónico coral siguiendo la estela musical dejada en esta ciudad cosmopolita por Georg Friedrich Händel.

Otro compositor, Händel, de origen austro-germánico, sajón para más señas, atraído también, ochenta años antes eso sí, por la prosperidad económica y cultural de las islas británicas. Un último legado händeliano, colmado de excelentes oratorios, que estaba, ya por entonces, encabezado por “El Mesías”… precisamente uno de los oratorios que Haydn escuchara en su estancia inglesa y con esta Creación tratara después, de emular y ¡quién sabe! -Pensaría él- si llegar incluso a superar…: «Quiero escribir una obra que proporcione gloria eterna y universal a mi nombre» (sic).

Un inciso para los más viajeros

Por si queréis visitar su ciudad natal, sus consabidos monumento -el más antiguo erigido en su memoria- y casa-museo, Haydn es un músico austriaco nacido en 1732, en Rohrau, una localidad con apenas mil seiscientos habitantes, muy próxima a Viena y aún mucho más cerca, se diría que a un tiro de piedra -cinco horas andando a buen ritmo-, de la actual capital de Eslovaquia: Bratislava.

Sin querer hacer un “spoiler”

Situados ya en el momento, lugar, motivación, fundamento e inspiración de esta obra, nos queda hablar un poco de ella. Pero tampoco se trata de lanzar aquí una sarta de “spoilers”, anglicismo que ha hecho fortuna en el cine y la escena. Porque, como tal trabajo “figuralista”… que trata de representar con instrumentos musicales, fenómenos acústicos naturales, mucho del valor de esta obra estriba en su poder de sorpresa.

En clave de… ¡luz!

Según Haydn y Swieten: al principio fue el caos… con lo que lograron, de buenas a primeras, una postura de compromiso entre las visiones religiosa -Haydn era un devoto cristiano-, e ilustrada -pocas escuelas de composición están tan estrechamente relacionadas con corrientes ideológicas como la Ilustración con el Clasicismo del que Haydn era consumado y prolífico hacedor-.

Si al principio era el caos, primer número instrumental a modo de obertura, la creación en sí misma supone una racionalización, una puesta en orden, una lógica y así, por tanto, la figura divina del Génesis, de los Salmos y de El Paraíso perdido de Milton, y la propia razón, la razón humana y, por ende, la razón ilustrada, se superponían. Luz, razón, orden, creación y divinidad, confundidos. Un enfoque inteligente que ha permitido que esta obra no haya envejecido como los continuos avances de la ciencia y sus sucesivas hipótesis en esta materia, harían suponer. La Ilustración misma era así fruto primordial de la Creación.

Y dijo Dios: ¡Hágase la luz!…” -proclama el coro-

A lo que responde de inmediato el arcángel Uriel: “Y vio Dios que la luz era buena…”

Un especialmente ilustrado Uriel -del hebreo “Dios es mi luz”– anuncia entonces:

“… ante los rayos divinos, se desvanecieron las sombras pavorosas de una terrible oscuridad… Se retiró el caos ante el orden recién creado…”

Esta y no otra es la clave, ilustrada y devota a la vez, que define esta obra. Pero, no os preocupéis, lo dicho, que no voy a hacer un torpe “spoiler”, no voy a destriparos esta grandísima composición. Ya lo disfrutareis in situ. Los gorjeos de los pajarillos y otras bestias terrestres o marinas, el discurrir de los arroyuelos y otros despertares y chanzas de representación -el figuralismo en música-, serán entonces pura anécdota.

Aunque, bien es verdad, que son precisamente estas “anécdotas musicales” las que hicieron las delicias en su día y acercan, en un primer momento, al aficionado ¡aún hoy! Eso sí, compartiendo protagonismo con una insistente contundencia coral y números tan apreciados y recurrentes en antologías del canto, bodas, bautizos y ¡funerales incluso!, como el ejemplar dúo de soprano y bajo o barítono-, con alguna participación del coro: dúo de Adán y Eva. Un número delicioso, deudor de el Paraíso perdido miltoniano -aquí un roussoniano “locus amoenus” casi pre-romántico-, que se intuía ya desde su primera luz tras el caos, y se fuera reafirmando en un discurso tenaz, de alrededor de dos horas de duración, con inusitado equilibrio y delicado empeño, hasta alcanzar su idílico tramo final.

Luis Mazorra Incera

Madrid, septiembre de 2018

La Creación

Oratorio para orquesta, coro y tres solistas vocales (soprano, tenor y barítono-bajo)

Música: Franz Joseph Haydn (Rohrau -Austria-, 1732 – Viena, 1809)

Letra: Gottfried Van Swieten (Leyde -Holanda-, 1733 – Viena, 1803)

Composición: Entre 1797 y 1798

Estreno: 19 de marzo de 1799. Burgtheater, Viena

Duración: Dos horas (aprox.)